De niño apadrinado a padrino

Cuando Janvie tenía 7 años, sus padres, ante la falta de oportunidades en lloilo, la zona de Filipinas donde vivían, decidieron que su madre Ángeles viajara con su hermano a Misamis, donde vivían sus abuelos, para buscar trabajo y mejorar sus condiciones de vida. Janvie acompañó a su madre al puerto y, cuando se dio cuenta de que le iba a abandonar, se puso a llorar desesperado.

Su madre para calmarlo le dejó subir al barco a despedirse, pero en una fracción de segundo Ángeles tomó una decisión que le cambiaría la vida: lo escondió debajo de su manta y cuando llegó la inspección de billetes, Ángeles solo entregó el de su hermano y el suyo y negó que nadie más viajara con ella. Meses después, cuando Ángeles regresó a Iloilo, negaría la presencia de Janvie de nuevo, pero esta vez no sería una mentira ya que le había abandonado. “Me dijeron que iban al mercado a comprar algo”, dice Janvie refiriéndose a su madre y hermano. ”No me dijeron que estaban volviendo a Iloilo. Ellos simplemente, me dejaron atrás“.

Una infancia muy dura

Abandonado con 7 años y viviendo con unos abuelos, Concordio y Estelita, a los que apenas conocía, se sintió totalmente desesperado, pero sabía que no tenía otra opción que seguir viviendo: ‘No tienes opción, así que te guste o no, tienes que vivir aquí y eso es todo” se decía a si mismo. Janvie empezó a vivir en una casa hecha de madera y, como el resto de la comunidad, carecía de electricidad o agua. Como era el único hijo al cuidado de sus abuelos, su lista de tareas era larga: se levantaba a la 1:00 am de la madrugada para poder coger agua antes que nadie (ya que el arroyo se secaba), a las 5:45 am andaba hasta el colegio que empezaba a las 7:00 am y donde a menudo le discriminaban otros niños por ser extranjero y vivir en las montañas, y al regresar a casa tenía que trabajar con su abuelo en el campo hasta que anochecía.

Cuando cumplió los 8 años, su abuela decidió que tenían que mudarse a Bukidnon para trabajar en una plantación de caña de azúcar. “Cuando llegamos, no teníamos una casa donde vivir y yo tenía que dormir debajo de un árbol” dice Janvie. Durante los siguientes años, despertaba debajo de su árbol y, por solo 2$ al día, desde las 7:00 am comenzaba a transportar la caña de azúcar y no terminaba hasta las 17:00 pm . Un ritmo agotador para un niño de tan temprana edad. Y no era el único, ya que había cientos de niños más. Él amaba a sus abuelos y estaba convencido de que ellos también a él, sobretodo su abuela Estelita con la que, pasado un tiempo, regresó a Misamis Oriental.

Esa época Janvie la recuerda con mucho cariño, ya que es cuando World Vision llegó a su comunidad de la mano de Noel Pellegrino. Éste iba a poner en marcha un programa de apadrinamiento para niños como él, que mejoraría su calidad de vida y le permitiría tener acceso a conseguir una beca. “Le pregunté a mi abuela si podía ser parte del programa, pero ella no se fiaba”. Janvie estaba decidido a formar parte, así que el día que el personal del programa estuvo en su área, se escabulló en secreto y se registró él mismo con su tarjeta de la escuela de Bukidnon. Desde ese momento comenzó a ser un niño apadrinado y su vida empezó a cambiar: “Así es como me convertí en parte de World Vision” dice.

Tras varios años formando parte de la asociación de niños, llegó el momento de que eligieran a los líderes y Janvie se nominó a sí mismo. Con Noel como mentor, comenzó a estructurar, dirigir y capacitar a otros del grupo para desarrollar y ejecutar actividades para todos. Con el paso del tiempo, se convirtió en un representante sectorial infantil, hablando en nombre de los niños de su área, frente a los líderes electos del gobierno. Y finalmente, fue invitado a unirse al comité para luchar contra la pobreza nacional. Janvie se graduó en el prestigioso Instituto Marítimo de Filipinas. Ha participado en múltiples foros para abordar las cuestiones sexuales y la salud reproductiva y los derechos de los jóvenes en Filipinas y, finalmente creó su propio negocio en su tierra natal, lloilo. Después de su experiencia con World Vision, decidió apadrinar para ayudar a otros niños como él a cambiar sus vidas. “El programa es un instrumento, pero las personas que trabajan en el programa son la razón por la que tengo la pasión para ayudar a estos niños”. “Esta es mi historia”, dice con una amplia sonrisa en su rostro.